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El Mi Gente: una Bohemia en medio del concreto

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El Mi Gente: una Bohemia en medio del concreto

Antes de comenzar, quisiera definir el concepto de Bohemia. 
Dicen que la bohemia es una forma de vivir libre, informal, alejada de las convenciones sociales, del materialismo y de las reglas de la vida “burguesa.”
Yo creo que también puede ser un colmado de esquina. 

Todavía recuerdo la primera vez que me senté en el colmado Mi Gente, en la avenida Los Próceres esquina Euclides Morillo, en el Distrito Nacional. Para entonces, un pequeño bosque de pinos adornaba la intersección de Los Próceres con la John F. Kennedy. Le daba a esa parte de Santo Domingo una frescura que la ciudad, con el paso de los años y en nombre del llamado progreso, fue perdiendo. Cada vez que veo un ambientador para carros de pinito, se me sale una lagrima recordando aquellos pinos de Los Próceres. Después llegaron unos animales metálicos horribles. El famoso Zooberto. Para él de seguro fue un chiste transformar aquella esquina.

Por ahí todavía sobrevivía el recuerdo del antiguo Campus I de la UNPHU. Y del otro lado, la famosa camioneta roja de Santo Domingo Motors llevaba unos dos años estacionada, alimentando interminables debates sobre si aquello era una camioneta de verdad o de mentira.

De aquellos días extraño, sobre todo, la frescura de caminar por una ciudad que todavía no le había dado completamente la espalda a lo verde (Santo Domingo siempre ha tenido esa mala costumbre de darle la espalda a todo) para abrazar el concreto y esa absurda promesa de convertirse en un «nuevayol chiquito».

Pero volvamos al Mi Gente.

Mientras Santo Domingo avanzaba, o retrocedía, hacia el caos que hoy conocemos, aquella esquina se iba convirtiendo en una especie de refugio.

Allí coincidían profesores, publicistas, intelectuales improvisados, gente de a pie y gente montada, rockeros, mochilitas, jevitos, empleados bancarios, saloneras, empleados de impuestos internos, etc. Y daba lo mismo.

Porque en aquellas mesitas las clases sociales perdían importancia. Los títulos, los apellidos y las cuentas bancarias (bueno, estas si importaban a la hora de pagar) se quedaban fuera de la conversación.

Se hablaba de teorías de conspiración, política internacional, de los personajes de nuestra fauna política, de pelota, de la NBA y de cualquier disparate que alguien lanzara al aire con suficiente convicción como para provocar una discusión de dos horas. Una historia llevaba a otra, una cerveza a la vez. Una discusión terminaba en carcajadas.Y siempre aparecía alguien que sabía más que todos, aunque no tuviera la menor idea de lo que estaba hablando.

A veces, esas conversaciones eran interrumpidas por un vendedor de chicharrones, de los que la calle iba sazonado con el paso del día o un vendedor de empanadas. Si, este último interrumpía los debates, con un “disculpen, yo solo quiero decir que vendo empanadas.” 

Mientras tanto, las cervezas seguían llegando a las mesitas.
Sin pedir permiso. Como las historias.

Quizás eso era la bohemia.
No una forma de vestir, ni una pose intelectual, ni una declaración de rebeldía contra las convenciones sociales.
Era simplemente sentarse allí, compartir una Bohemia Especial y descubrir que, por un rato, nadie necesitaba ser más importante que nadie.

Afuera, Santo Domingo seguía cambiando.
Adentro, todavía éramos el Mi Gente, una Bohemia a la vez.